Hemos escuchado desde hace mucho que las células de nuestro cuerpo hablan entre sí, ¿cómo lo hacen?
Comenzamos recordando la propuesta del profesor Popp desde la mirada de los doctores Dr. Hugo Niggli y Dr. Max Bracher:
Todo ser vivo, igual si es bacteria, planta, animal o ser humano, está compuesto por células. En los organismos unicelulares una única célula forma el organismo en su conjunto, en los pluricelulares las células son la unidad estructural básica con la que se forma todo el cuerpo.
El número de células de un organismo depende lógicamente del tamaño de su cuerpo. Una persona adulta está compuesta por aproximadamente 100 billones de células.
En el año 1983, dos científicos, el biólogo celular Nagl y el biofísico Popp, habían propuesto un modelo electromagnético de la diferenciación celular que se basa en el descubrimiento que la radiación de las células puede medirse con la mencionada técnica de los fotomultiplicadores; con esta técnica el científico italiano Colli y su equipo pudo demostrar ya a mediados de los años 50 por primera vez una luz ultra tenue en células vegetales.
Incluso antes, a principios de los años 20, el investigador Alexander G. Gurwitsch (1874-1954) descubrió en células de la cebolla durante el proceso de división esta radiación lumínica ultra tenue con la ayuda de un experimento biológico sin aparato para la medición de la luz y postuló que los seres vivos se comunican con luz. Este concepto fue apoyado por el físico austriaco Erwin Schrödinger, que recibió en 1933 el premio Nóbel de física y es considerado el auténtico fundador de la teoría cuántica.
Había postulado que un ser vivo sólo puede mantenerse en un nivel alto de orden porque recibe continuamente orden de su entorno. Según Schrödinger es la luz solar que crea en definitiva este orden. En los años 50 el físico Herbert Fröhlich (1905-1991) amplió esta idea introduciendo el concepto de la coherencia de los sistemas vivos. A principios de los años 70 el biofísico alemán Fritz Albert Popp, el investigador japonés Inaba y el científico australiano Quickenden demostraron, de forma independiente entre ellos, estos campos lumínicos postulados con fotomultiplicadores de extrema sensibilidad en los seres vivos más diversos.
De esta manera, las ciencias naturales modernas confirmaron la radiación celular. Fritz-Albert Popp dio a esta radiación celular el nombre de biofotones (derivación de la palabra griega “bios” – vida – y “phos” – fuerza). Por medio de su investigación biofotónica moderna descubrió que todas las células vivas emiten una luz tenue, pero formadora de orden (la denominada luz coherente) que contiene informaciones sobre el estado del organismo, sus procesos internos e influencias sobre el mismo. Carl Huter, antropólogo alemán postuló ya en el año 1904 de forma genial que toda la vida se basa en la radiación y vio como visión la luz que controla y coordina todo en la célula.
Con su hipótesis de que la energía de percepción acompaña como tercera fuerza original la energía en reposo (fuerza magnética en el núcleo atómico) y la energía del movimiento (fuerza eléctrica en las capas atómicas) se abrió la puerta hacia los “campos sutiles”, al igual que los propuestos por Albert Einstein, a este ámbito pertenece también la energía vital “Qi” de la medicina y acupuntura china, ideas similares aparecen en todas las tradiciones médicas de las grandes culturas, al igual que en la medicina occidental que partió del fundador griego de la medicina, Hipócrates, o en la medicina romántica de inicios del siglo XIX, que suponen la existencia de una fuerza vital, siendo la tarea principal del médico apoyar y fomentar su fuerza reguladora y curativa.
La radicación biofotónica moderna está estrechamente vinculada a esta fuerza vital de los seres vivos y representa su contenido de energía de gran valor, así como sus informaciones potenciales como valor físico mesurable.
El doctor Benveniste, médico de gran prestigio, accidentalmente revela la capacidad del agua para guardar información, es decir, tiene memoria, por este descubrimiento fue desacreditado, sin embargo, esto no le impidió continuar de manera privada su investigación, a estas alturas era un reto para él, debido a que comenzó a cuestionar todo lo que había aprendido, estos resultados demolían todo lo enseñado sobre la comunicación celular.
Los estudios de la memoria del agua llevaron a Benveniste a examinar cómo se comunican las moléculas dentro de una célula viva. Las moléculas deben hablarse unas a otras en todos los aspectos de la vida. Si estás excitado, tus glándulas adrenales bombean más adrenalina, que debe decir a unos receptores específicos que hagan que tu corazón lata más rápido. La teoría habitual, denominada Relación Cuantitativa Estructura-Actividad (QSAR), dice que dos moléculas que se combinan estructuralmente intercambian información química específica cuando chocan una con otra. Si cada molécula individual tiene su propia frecuencia característica, su receptor o molécula con el espectro de rasgos adecuado se sintonizará con su frecuencia, del mismo modo que sintonizas la radio para captar una estación específica, aunque esté muy alejada.
Algo parecido ocurre cuando un diapasón hace que otro diapasón oscile a la misma frecuencia, ambos entran en resonancia: la vibración de un cuerpo es reforzada por otro cuerpo que vibra a la misma frecuencia o cerca de ella. A medida que estas dos moléculas resuenen en la misma longitud de onda, empezarán a resonar con las siguientes moléculas de la reacción bioquímica, creando así, en palabras de Benveniste, una «cascada» de impulsos electromagnéticos que viajan a la velocidad de la luz.
Los experimentos de Benveniste demostraron de manera decisiva que las células no dependen de colisiones casuales, sino de señales electromagnéticas creadas por ondas electromagnéticas de baja frecuencia (menos de 20 kHz). Las frecuencias electromagnéticas que Benveniste ha estudiado corresponden a frecuencias de radio, aunque no emiten ningún sonido que podamos detectar. Todos los sonidos de nuestro planeta —el agua en un arroyo, el rugido de un trueno, un disparo, el piar de un pájaro— ocurren a baja frecuencia, entre 20 htz y 20 khtz, el rango de audición del oído humano. Según la teoría de Benveniste, dos moléculas se sintonizan una con otra, incluso a larga distancia, y resuenan en la misma frecuencia. Entonces las dos moléculas resonantes crearán otra frecuencia, que resonará con la siguiente molécula o grupos de moléculas en el paso siguiente de la reacción biológica.
Según Benveniste, esto explica por qué pequeños cambios en una molécula —el cambio de un péptido, por ejemplo— tendrán un efecto radical en lo que esa molécula haga. La contribución de Benveniste fue demostrar que las moléculas y átomos tienen sus frecuencias únicas usando la tecnología moderna tanto para registrarlas como para usar esa misma grabación en la comunicación celular.
A partir de 1991, Benveniste demostró que es posible transferir señales moleculares específicas simplemente usando un amplificador y ondas electromagnéticas. Cuatro años después, fue capaz de registrar y reproducir dichas señales usando un ordenador multimedia. A lo largo de miles de experimentos, Benveniste y Guillonnet registraron la actividad de la molécula en un ordenador y reprodujeron la señal para un sistema biológico generalmente sensible a esa sustancia. En todos los casos, el sistema biológico fue engañado: creyó que estaba interactuando con la sustancia misma y actuó consecuentemente, iniciando la reacción biológica en cadena tal como habría hecho en presencia de la molécula genuina.
Otros estudios mostraron que el equipo de Benveniste podía borrar estas señales y detener la actividad celular mediante un campo magnético alternante, trabajo que llevaron a cabo en colaboración con el Centro Nacional de Investigación Científica de Medudon, en Francia. La conclusión inevitable es que, como Fritz-Albert Popp teorizó, las moléculas se hablan unas a otras mediante frecuencias oscilantes. Parece que el Campo Punto Cero crea un medio que permite que las moléculas hablen entre ellas no-localmente y de forma prácticamente instantánea.
El agua es como una grabadora, que imprime y transporta la información tanto si la molécula original sigue estando allí como si no. Sacudir los recipientes, como se hace en homeopatía, parece ser un medio de acelerar este proceso. El agua es tan vital para la transmisión de energía e información que los trabajos de Benveniste demuestran que las señales moleculares no pueden ser transmitidas por el cuerpo a menos que lo hagas en un medio acuático.
En Japón, un físico llamado Kunio Yasue, del Instituto de Investigación para la Información y la Ciencia de la Notre Dame Seishin University en Okayama, también descubrió que las moléculas de agua desempeñan cierto papel a la hora de organizar la energía discordante en fotones coherentes: un proceso llamado «superradiación». Esto sugiere que el agua, como medio natural de las células, actúa como conductor esencial de la frecuencia característica de la molécula en todos los procesos biológicos, y que las moléculas de agua se organizan para formar un patrón sobre el que puede imprimirse la información de la onda. Si Benveniste está en lo cierto, el agua no sólo envía la señal, sino que la amplifica.
El Dr. Popp concluye que cada molécula del universo tiene una frecuencia única y que el lenguaje que emplea para hablar con el mundo es una onda resonante.
Las vibraciones de los biofotones que Popp había observado en el cuerpo hacían que las moléculas vibraran y crearan su propia frecuencia característica, que actuaba como su única fuerza impulsora y también como su medio de comunicación. El científico francés se detuvo a escuchar estas pequeñas oscilaciones y oyó la sinfonía del universo. Cada molécula de nuestro cuerpo toca una nota que está siendo oída en todo el mundo.
Extraído del libro: El campo. Editorial Sirio. Lynne Mctaggart.
